domingo, 22 de marzo de 2009

LAS DIOSAS NO SABEN SONREIR (Capitulo XVII - La Verdad)

Prácticamente pasamos toda la tarde hablando del mismo tema. Mónica me hacía mil preguntas y se mostraba claramente incrédula sobre mi bella diosa. Cayó la noche, nos preparamos algo de cenar y a los postres fue cuando ella ya no se pudo aguantar mas y me soltó de golpe lo que pensaba de todo esto.

- Theo, creo que me estás utilizando de conejillo de indias.

- ¿Por qué lo dices?.

- Te voy a ser franca. Todo esto que me has contado yo creo que es tu próxima novela y me lo cuentas como si fuera algo serio para ver como reacciono a ello.

- ¿Y bien?.

- Así como yo me lo tome sabrás si a tus lectores les va a gustar o no tu novela. Bueno, ¿Qué quieres que te diga?, a mi me gusta ese tema y te digo sinceramente que les va a gustar bastante. Empieza a escribirlo porque es un buen tema, muy bueno.

- Creo que no has entendido nada Mónica.

Ella me miró con extrañeza pero no la dio tiempo a contestarme. En esos momentos llamaron a la puerta, fui a abrir y me encontré con Dora y Andrés que me traían a Marta.

- ¿Molestamos?.

- En absoluto, vosotros nunca molestáis.

- Es que tu amiga Marta llegó al pueblo y a pesar de que quisimos retenerla se empeñó en que la acercásemos hasta aquí.

- No importa, pasad. Hola Marta, encantado de volverte a ver, pequeña cabezota.

- Theo, eres un sinvergüenza, un día nos vas a dar un disgusto.

- Lo se, pero mi forma de ser es así, no quería preocuparos a nadie y menuda la que he armado.

- Desde luego que si.

- Mira Marta, esta es Mónica, una nueva amiga mía.

- Hola Mónica.

- Hola Marta. Este Theo es alucinante, llevamos horas y horas hablando de su nuevo libro, un tema interesante y bonito.

- Pues tienes mucha suerte porque nadie conoce el tema de su nuevo libro. Theo es de los que no comentan nada hasta que no lo tiene acabado.

- Bueno, vosotros podéis quedaros si queréis. Andrés y yo nos volvemos al pueblo, que ya es tardísimo.

- Esperad, yo me voy con vosotros, creo que Theo y yo ya lo hemos hablado todo.

- ¿Mónica, no te quedas?.

- No, me voy con vosotros.

- Bien, pues vamos.

Yo no dije nada y dejé que Mónica se marchara con Dora y Andrés. Cuando Mónica tomó la decisión de irse lo dijo mirando fijamente a Marta y esta la devolvió la mirada. Creo que Mónica creía ver en Marta a una difícil rival y por eso decidió irse ella. Pero. Antes de cerrar la puerta, aún se volvió Mónica a preguntarme.

- Theo, tan solo una pregunta mas. Pero quiero que me la contestes sinceramente.

- Tu dirás.

- ¿Existe de verdad esa mujer que dices?.

- Mónica..., si, de verdad existe.

Y Mónica cerró la puerta tras de si sin dejar de mirarme. Mi respuesta la había asustado y se la notaba. Volvieron los tres al pueblo y Marta se apresuró a entrar en una de la habitaciones.

- ¿Es en esta donde voy a dormir?, vengo muy cansada y necesito varias horas de cama.

- No, no pases a esa. Es muy pequeña e incómoda. Vete mejor a aquella que es mas espaciosa. En el armario encontrarás sábanas limpias y mantas, que aquí las noches son frías.

- De acuerdo Don Señor, hasta mañana. Me acuesto porque ya no puedo mas.

- Hasta mañana Marta, que descanses.

Y entró en la habitación y cerró la puerta. Me quedé solo, al lado de la chimenea y reavivé un poco mas el fuego. Ya era tarde, yo también tenía sueño y me fui a dormir. Por supuesto esa noche tampoco escribí nada de mi nuevo libro. Estaba visto que no iba a comenzarlo nunca.

Una vez en la cama me acordé de mi bella diosa. Me preguntaba por donde andaría ella que no la había visto en las últimas horas. Además me había amenazado con no dejar llegar a Marta hasta aquí y en cambio no la había pasado nada. Mientras pensaba en ello, mi bella de melocotón apareció sentada a los pies de mi cama. Ya estoy acostumbrado y por eso no me sobresalté. Me miró fijamente y yo a ella.

- Creo que ya lo has visto todo, chica. Para una vez que se me ocurre contar todo nuestro secreto a otra persona, resulta que no me creen.

- Te equivocas Theo, Mónica si que te ha creído, pero la ha dado tanto miedo reconocerlo que no creo que se sienta con ganas de volverte a ver y hablarlo de nuevo.

- La política del avestruz.

- Exacto, se esconde y lo olvida para no tener que enfrentarse a la realidad. Y ahora, ¿Qué vas a hacer?.

- No lo se, supongo que me quedaré un par de días mas en este pueblo y si no consigo empezar mi novela me vuelvo a la ciudad, con Marta.

- A Marta tampoco la digas nada porque tampoco te va a creer. ¿Tienes algún nuevo argumento ya para tu libro?.

- Ninguno, no tengo ninguno. Creo que se me han ido todas mis musas.

- Puedes escribir nuestra historia, continuación de la de Jesús, tu amigo taxista.

- ¿Para que?, ¿Para incitar a la gente a que se enamore de ti?, ¿Incitación al suicidio?.

- No lo creo. Era una alternativa, si no tienes tema, ese puede servirte.

- Nada me atrae en absoluto.

- Lo que tienes encima es un tremendo bajón sentimental y se te nota muy afectado.

- Es cierto, pero nadie tengo para ayudarme. Ni siquiera tu puedes.

- Lo se, por eso hoy no te quiero molestar. Me marcharé dentro de un rato.

- ¿Tanto has cambiado?.

- No, he descubierto que si te acorralo y te obligo luego tu me odias en vez de amarme.

- Cierto, lo has comprendido. No puedes apabullarme a cada momento, ni doblegarme por la fuerza a tu voluntad, porque acabaré cogiéndote tedio e intentando esquivarte.

- ¿Me echas de menos en mi ausencia?.

- Creo que si, hay muchos momentos en que si.

- Entonces eso es señal de que te estoy ganando para mi. Adiós Theo, duerme y cuídate.

- Adiós guapa.

Nada mas marchar ella me entró un agradable sopor y me quedé dormido profundamente. Soñé con mucha gente conocida. Estaban todos de pié, en una gran sala, como espectadores de algo que no pude ver. Eran todos mis amigos. Al rato empecé a notar algo extraño, que empezaban a haber mas huecos entre esos espectadores. Poco tardé en comprenderlo, era que uno a uno iban desapareciendo al azar. Mas tarde apenas quedaban media docena y posteriormente no quedaba ninguno. El silencio de esa sala era espeluznante y solo roto por los compases de una melodía al piano. Entonces aparecí yo por una de las puertas, vi la sala vacía y miré hacia el escenario y pude ver, por fin, lo que en él sucedía. Estaba allí mi bella diosa, sentada tranquilamente, tocando una bonita pieza musical en un piano grande, negro, de cola. Ella acabó su concierto y me miró fijamente, como solo ella sabe hacerlo, y yo aplaudí con fuerza. Mis aplausos resonaron con eco en la inmensa sala vacía.

Por la mañana me levanté descansado, pero tremendamente preocupado por mi sueño. Cuando salí de mi habitación vi que Marta ya se había levantado y había desayunado, pero ella no estaba en la casa. Me di una ducha, me arreglé y tomé un ligero desayuno. Al mirar por una de las ventanas descubrí, a lo lejos, a Marta paseando por la playa. Me pareció buena idea y salí yo también a pasear. Cuando llegué a su altura me saludó muy sonriente, estaba claro que ella también había descansado muy bien. Seguimos andando juntos y nos llegamos hasta unas rocas y nos sentamos un rato a charlar.

- Esto si que es vida y no la ciudad. Theo, cuando he visto esta playa con las luces de la mañana me entraron ganas de pasear por ella. Esta paz, este arrullo de las olas. ¿Sabes?, anoche las oía desde mi cama y me quedé dormida contándolas.

- Si, esto es muy bonito, merece la pena disfrutarlo. A mi no me importaría pasarme aquí el resto de mi vida.

- ¿Y por qué no lo haces?, tu, que puedes, te quedas aquí a vivir y disfrutas.

- Tienes razón, pero tengo un pequeño inconveniente. Esto es hermoso para disfrutarlo en compañía y no en soledad. No, debo volver a la ciudad, que allí estoy muy bien acompañado por todos vosotros. Por cierto, mañana o pasado mañana quiero volver allí. Si vienes conmigo me llevas y si no te apetece marcharte pues cojo un tren y la digo a dora que te quedas aquí y todo el tiempo que quieras.

- Creo que me voy contigo. Aquí yo sola no me encontraría bien. Me gusta demasiado el bullicio y la gente.

Reanudamos nuestro paseo y volvimos a la cabaña. Descansamos otro par de días y dábamos nuestro paseo matutino por la playa. Pero no empecé mi libro, no me sentía motivado en ninguna forma. El día de nuestra marcha fue triste para Dora y Andrés, aunque les prometí volver pronto a pasar unos días con ellos. A la salida del pueblo paramos un ratito en la oficina de correos y me despedí de Mónica y de su madre. Después todo fueron kilómetros y kilómetros de carretera, hasta llegar a la ciudad. Durante el camino apenas hablamos y me dediqué a contemplar el paisaje y oír música de la que me gusta. No pude evitar que algo dentro de mi se revolviera cuando pasamos por el lugar donde yo tuve mi accidente. Marta me lo notó, pero no comentamos nada. Por cierto, tengo que llamar al taller, a ver si se puede salvar algo de mi pobre coche.

Una vez en la ciudad, el consabido disgusto de mi Editor y el verano, que se nos vino encima, me lo pasé vegetando, salí algunas noches, la mayor parte de las veces con Marta, pero no empecé mi libro. Nada me apetecía y caí en picado en una profunda depresión sentimental.

.
Un día me llamó mi amigo Antonio, que se dedica al cine amateur, para pedirme unos guiones. Quedamos en vernos y empecé y termine algunos, muy cortitos, pero que le gustaron y a mi me sirvieron para irme distrayendo con lo del cine. Empecé a tener mas nuevos amigos y amigas, la mayoría actores, pero cada vez me encontraba mas solo. Mi único consuelo era estar con mi hija un día entero a la semana y que yo siempre esperaba con impaciencia. Pero ese verano la dejamos irse de campamento con sus amigas y me quedé mas solo que nadie. Así la vida es mucho mas dura y no te quedan ganas de luchar por algo.

2 comentarios:

Đéja٧ù dijo...

Supongo que son los tiempos que corren.
No te des por vencido.

Me encanta como escribis

BIGARIATO dijo...

Gracias cielo... Ya solo queda un capítulo final. Besos.

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