domingo, 8 de marzo de 2009

LAS DIOSAS NO SABEN SONREIR (Capitulo XV - Mi LLegada

Unas horas después ese tren me dejaba justo en la pequeña Estación del pueblecito marinero que yo quería. Con un retraso de diez días sobre lo que yo había previsto me presenté en casa de unos conocidos, buenos amigos míos, que no me habían echado de menos porque yo no les había avisado de mis intenciones de viajar. Después de los saludos y abrazos de rigor, me dieron las llaves de una casita, al borde de una playa, en una recogida y pequeña cala preciosa. Me acompañaron hasta ella y me ayudaron a instalarme. Por supuesto no les conté lo de mi accidente y después de alegar que me encontraba cansado del viaje, me dejaron solo y se marcharon, de vuelta al pueblo, llevando una larga lista de todo lo que me iba a hacer falta.

Sus nombres son Andrés y Dora. Son aún jóvenes pero Dios no les da hijos y eso que se los merecen por lo cariñosos que son. Todo el mundo que les conoce los aprecia, son sencillos, trabajadores y les gusta vivir donde viven. Son de la clase de gente que casi no se encuentran ya, que se desviven en ayudara los demás y se preocupan poco de sí mismos. Esta cabaña, como ellos la llaman, perteneció al padre de Andrés, que fue marinero de toda la vida. Y dista del pueblo como cinco kilómetros, aproximadamente.

El resto del día lo dediqué a pasear por la pequeña playa, dejando que las olas mojaran mis pies y cogiendo algunas cosas que las mareas habían depositado. Por la noche refrescaba un poco y permanecí en el interior de la casa. En realidad era tan solo una casita, tenía su cocina, su saloncito con chimenea y unas habitaciones. También un retrete, con agua de un depósito elevado y los vertidos iban a parar en un pozo negro. Una casita, en madera, pero con auténtico sabor marinero. En el exterior tiene un porche cubierto que viene bien en el verano para respirar la brisa y en un lateral, recostada, una pequeña barca de remos.

Intenté encender la chimenea pero no había leños en el interior de la casa y los de fuera estaban empapados por la llovizna que cayó durante todo el día. Resignado me puse un fuerte jersey de lana y me dispuse a preparar la cena. Mientras acababa de cenar divisé los faros de un coche que se acercaba por el camino de tierra. Salí al porche, eran Andrés y Dora.

- Theo amigo, ¿Qué tal estás descansando?.

- Bastante bien. Esto es vida y no la ciudad.

- Deberías vivir siempre aquí, te conviene.

- No Dora, no. No me tientes que soy muy comodón y no tengo vocación de ermitaño.

- Pero puedes vivir con nosotros, en el pueblo. Esto está muy aislado y precisamente hablábamos, el otro día, de vender esta casa que no utilizamos y no nos vamos a venir a vivir aquí.

- No insistas, además solo os molestaré unos pocos días mas.

- No digas tonterías, para las pocas veces que te vemos tienes que quedarte aquí un mes, como mínimo.

- No Andrés, solo me quedaré unos veinte días, los suficientes para escribir mi libro, que voy con mucho retraso.

- Como quieras, pero nuestro deber de amigos es intentar convencerte de que te quedes con nosotros.

- Por cierto Theo, ha llamado una tal Marta, compañera tuya en el piso de la ciudad.

- Vaya, solo debía llamarme en caso de necesidad. ¿Y que se contaba?.

- Nos preguntó que tal estabas y de que había algunas novedades, cosas sin mucha importancia, en el piso.

- También nos preguntó que tal habías pasado estos diez días aquí, si tenías muy adelantado ya el libro y si habías llegado sin novedad con tu coche nuevo.

- Bien, tal como me miráis los dos, debo suponer que me tenéis cazado. Y la habréis dicho que tan solo llevo aquí un día. Creo que me voy a quedar mas tranquilo si os lo explico.

- Solo si tu quieres, Theo. Pero si es algo muy personal creo que hemos metido la pata. No sabíamos nada de tu coche y viniste en tren y hace diez días que saliste de allí. Y creo que la hemos dicho demasiado.

- No importa, no tenéis la culpa.

Y les expliqué todo al respecto de mi accidente y posterior hospitalización. Naturalmente omití todo lo concerniente a mi bella desconocida. Mas que nada porque es un secreto entre pocos y Andrés y Dora son gente sencilla y no lo entenderían o me tomarían por un loco.

- Podías haberte matado y nadie sabría nada de ti en diez días. Eres un poco inconsciente, Theo.

- Bueno, el hospital o la policía ya habrían avisado a mi familia si hubiese ocurrido lo peor. De momento estad tranquilos, la muerte me ronda pero me deja vivir por el momento. Es un privilegio suyo.

- ¡Dios mío!, no juegues con esas cosas tan serias. A mi me da mucho respeto hablar de ello.

- Y yo tengo miedo, cambiad inmediatamente de conversación, Theo, Andrés.

- Sería conveniente que llamaras un día a la ciudad para tranquilizar a los tuyos.

- Mañana me acercaré al pueblo y haré unas cuantas llamadas.

Charlamos durante dos horas mas de otras cosas y después Andrés y Dora volvieron al pueblo. Recogí la mesa y pasé a la habitación con la intención de descansar. Aún me encontraba resentido del accidente y la humedad del lugar me ayudaba poco. Si, me esperaban unos cuantos días iguales al de hoy, llovizna muy ligera durante todo el día y frío por las noches. Con suerte vería el sol algún día de estos. Pero el clima y el paisaje hacía juego con mi estado de ánimo y eso precisamente necesitaba yo para escribir mi nuevo libro. Y debía comenzar mañana mismo a escribirlo, el retraso que llevaba era alarmante.

Tal vez si empezaba ahora mismo... Las horas nocturnas son mi especialidad para escribir y cuando mas orden tengo en la cabeza. Pero hoy no me encuentro en condiciones, demasiado cansado. Me dispuse a prepararme la cama y algo, quizás mi sentido extra, me indicó que no me encontraba solo.

- Puedes hacerte visible, se que estás aquí.

- ¿Me presientes Theo?.

- Afirmativo, siempre sé cuando estás cerca. ¿Qué quieres ahora?.

- Nada en particular, solo hablar contigo.

- Suelta lo que tengas. Cuando me dices eso significa que tienes mucho que decirme.

- Me gustaría que volvieses a tu ciudad.

- Y a mi no me gustaría.

- Es que no te encuadro yo en otro sitio que no sea ese.

- Deberías estar contenta porque aquí me tienes para ti solita y allí siempre ando ocupado con todo el mundo.

- Pero mientras estás aquí todo el mundo allí anda preocupado y pensando en ti. Te echa mucho de menos mucha gente.

- Eso te parece a ti. No deberías preocuparte ni sentir celos. Tu puedes estar en muchos sitios a la vez y no existen distancias para ti.

- Pero prefiero tenerte en tu ciudad, no sabría como explicarlo.

- ¿Por qué aquí puedo pensar mas y mejor lo nuestro?.

- Algo así. Theo, debes volver allí.

- De eso nada, he venido a escribir y escribiré. Me haces perder diez días y me harás perder muchos mas, pero una cosa si te digo; Si para escribir este libro me tengo que quedar aquí un año entero, lo haré.

- ¿Nada te puede cambiar de opinión?.

- En absoluto.

- ¿Sabes que tu compañera Marta tiene pensado venir a verte este fin de semana?.

- No, no lo sabía.

- La tienes preocupada y va a venir. No lo haría si estuvieses allí.

- Mañana la llamo y la haré desistir de ello.

- No lo conseguirás, lo tiene muy decidido.

- Pues me pondré de acuerdo con Andrés y Dora para que la digan que no estoy, que me he ido a otro sitio.

- Deberías volver.

- Y dale, te pones a veces un poco pesada.

- Y tu te enfadas mucho últimamente.

- Es que siempre te apareces en el momento mas inoportuno. Ahora quiero descansar. ¿Te importa si seguimos mañana esta conversación?.

- Como quieras, pero déjame quedarme aquí contigo. Te prometo que no te quitaré tu descanso.

- ¿No tienes nada que hacer esta noche?.

- Si, pero estoy en varios sitios a la vez, ¿Recuerdas?.

- ¿Por qué te gusta tanto acompañarme en silencio?.

- Soy una solitaria, siempre lo he sido y nunca nadie me quiere por compañía. Luego vienes tu, después de tantísimo tiempo y me hablas, me comprendes un poco y me amas. Después de esto, ¿Cómo quieres que me vaya de tu lado?.

- Por eso tienes miedo de que me canse de ti.

- Exactamente.

- Pues a este paso y con el acoso al que me tienes sometido si que me puedo cansar de ti.

- Perdóname. ¿Hacemos las paces?.

- De acuerdo, hecho. Pero nada ya de venganzas y de acosos.

- ¿Tu no quieres volver ya a la ciudad?.

- Si quiero, pero en su día. Ahora no y vamos a dejar ya ese asunto que quiero descansar. Siéntate ahí y te quedas quietecita mientras duermo.

- Hemos hecho las paces, ¿Recuerdas?.

- Esta bien, duerme a mi lado, pero te vas a estar todo el tiempo quietecita.

- ¿Y un beso sería pedir mucho?.


Y por ese beso empezó todo lo que tenía que suceder. Yo me encontraba en malas condiciones físicas, pero a ella no debió importarla mucho. Creo que se conformó porque di todo lo que pude de mi en caricias y besos. La verdad es que esta mujer es capaz de resucitar a un muerto, con perdón de la expresión, pero ni aún tratándose de ella no se me ocurre otra mejor. Y que bonito, el darme la vuelta en la cama, completamente agotado y ella, llena de cariño, quedarse abrazada a mi durante toda la noche. Mañana la preguntaré si ella duerme y si no así, que paciencia, esperarme toda la noche despierta, a mi lado. En esta situación no me importaba no volver nunca a la ciudad, ni escribir ningún libro. Me hubiese gustado permanecer así siempre, con ella junto a mi. Pero como mortal que soy pienso que eso es imposible, que algún día esto tendrá que acabar, que ella seguirá siendo siempre un bombón de mujer y yo me iré haciendo viejo. Pensando en todo esto debí quedarme profundamente dormido, con sus hermosas curvas adaptadas a mi cuerpo.

2 comentarios:

Susy dijo...

Es lo que tiene ser mortal, somos seres irracionales y tenemos fecha de caducidad..
Te sigo.

Besos dulces..

BIGARIATO dijo...

Pues claro, somos insignificantes y nuestra vida es tan solo un parpadeo de ojos ante el universo.
Besos.

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